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sábado, 2 de abril de 2011

EL SUICIDIO DE UNA RAZA. (I)

Sábado 3 de octubre de 2009.
  
¡Alerta! ¡Alerta! ¡El Salvador está viviendo los albores del “suicidio de una raza”! Este mismo proceso lo han vivido naciones a lo largo de la Historia, con gran poder o sin él y se han aniquilado totalmente.
La población salvadoreña va en franco descenso. En julio de este año, el Ministerio de Economía presentó las proyecciones de los datos del “VI Censo de Población y V de Vivienda” de 2007, para el período 1950 – 2050 (www.censos.gob.sv). Lo que más resalta es que en los pasados 40 años la fecundidad del país se redujo en alrededor de dos tercios del nivel que tenía en los años 60. Actualmente, el país presenta una población con tasas de crecimiento bajos y con una estructura por edades de una población en proceso de envejecimiento. Para hacerlo más gráfico, de 2010 a 2015 habrá 160 mil personas menores de 17 años menos en El Salvador, es decir, cada año alrededor de 30 mil niñas, niños y adolescentes no existirán en nuestro país en los próximos 5 años.
¿Qué nos pasará después del año 2050? La respuesta está en la Historia de la Humanidad: nos pasará lo mismo que les ha pasado a todas las grandes naciones, incluso imperios, que por descuidar la fecundidad de las familias, núcleo de la sociedad, han decaído poco a poco, no por las invasiones de los enemigos de fuera, sino por el peor de los enemigos: por sí mismos.
Veamos que le pasó al imperio romano. Hutton Webster, PhD, Profesor de Historia Antigua, afirma: “Se dice que Roma no se construyó en un día; pero tampoco, el poder de Roma fue destruido en un día”. La Historia es la madre de la sabiduría, pues, la verdad, “no hay nada nuevo bajo el sol”. Y si les pasó a ellos, nos pasará a nosotros, también.
La peor señal del debilitamiento romano fue la necesidad de hombres para las filas del ejército y para cultivar el campo. Se dio lo que fue llamado “el suicidio de una raza”. La gente acomodada, que fácilmente podía soportar la carga de familias grandes con frecuencia eran reluctantes a cargarse con ellas. La falta de niños, sin embargo, no era exclusiva de los ricos, toda vez que las clases pobres, que se amontonaban en casas de albergue inmensas en las ciudades, no tenían una vida de familia verdadera. Por más que los emperadores obligaron a la gente rica a tener hijos y crearon instituciones para criar a los hijos de los pobres, no lograron impedir “el suicidio de una raza”. Por otro lado, mientras menos gente pagaba impuestos, había más carga para los que sí pagaban. No había manera de enviar gente al ejército, el ejército no podía sostener las fronteras atacadas por los bárbaros, de modo que irremediablemente se dio el colapso del imperio.
El Salvador no es un imperio, pero ha puesto en marcha “el suicidio de una raza”. No sé quién estará feliz con que seamos menos cada año. Si bien el 2050 habrá 8.1 millones de habitantes, la quinta parte será menor de 15 años (en el 2010 es la tercera parte), pero otra quinta parte será de 60 años ó más (en el 2010 es la novena parte), la pirámide poblacional será igual que la de los países europeos, con una base igual que su altura, con la única diferencia que no somos ricos. ¿Quién pagará las pensiones de los que en ese momento sean ancianos (que seremos los que estamos leyendo este artículo)? ¿Quién cultivará las tierras? Ya hemos tenido que permitir la inmigración de hondureños y nicaragüenses para cortar café en años anteriores. ¿Quién pagará los impuestos que los que no nazcan dejarán de pagar?
En este sentido, hemos visto cómo en Roma se despreció el apoyo a las familias, pobres y ricas, porque al llegar el momento de querer aumentar la población, las autoridades tomaron medidas que no dieron el resultado deseado, pues ni la represión a los ricos a través de la ley para obligarles a tener hijos, ni el asistencialismo a los pobres a través de instituciones que ayudaban a criar a sus hijos, a fin de que no tuvieran miedo de tenerlos, fueron exitosos. Estas medidas llegaron demasiado tarde. Lo curioso es que en la decadencia de Roma, era cosa común considerar al matrimonio como algo indeseable, al divorcio como una moda, al infanticidio o aborto como algo frecuente, al suicidio como indiferente, etc., grandes males que hoy por hoy se consideran como cosa novedosa, como “progreso” de una sociedad, cuando en el caso romano eran muestras o señales de la decadencia del imperio.
Por donde quiera que se vea, podemos cuestionarnos: ¿Qué van a hacer los tres poderes del Estado que tienen la autoridad de dirigir los destinos de nuestra nación, para detener “el suicidio de una raza”, en este caso, la “raza salvadoreña”? ¿Es posible creer que el hecho de que en el 2050 tengamos 1/5 menos de jóvenes menores de 15 años, casi 360,000 jóvenes menos, éste solo hecho no afectará la recaudación de impuestos que aseguren un reparto de la riqueza con justicia social? ¿Es posible que no se crea que la familia salvadoreña juegue algún papel en asegurar que vengan más hijos salvadoreños educados en los valores más sentidos por todos? Para el caso, ¿quién se habrá tomado la molestia de haber inculcado o conculcado los valores necesarios a los miles de jóvenes que se han involucrado en problemas de pandillas o maras en El Salvador? ¿Habrán tenido una familia que los educara y apoyara?
Como dice el jurista Malaurie: “una sociedad sin familias, o sin familias fecundas, está condenada inexorablemente a desaparecer”. Tal sociedad, también, está condenada a desintegrarse.
La Honorable Asamblea Legislativa no ha prestado la debida importancia al hecho que estamos viviendo ya en este momento: “el suicidio de una raza”, y ha dejado la puerta abierta a la posibilidad que algún convenio internacional imponga el matrimonio homosexual. Si lo que nuestro país va necesitando son familias fecundas para detener la desaparición paulatina de nuestra sociedad, “el suicidio de una raza”, ¿será posible creer que el matrimonio homosexual pueda considerarse fecundo? ¿Será posible creer que el matrimonio homosexual pueda considerarse la estructura social que permita un más completo e integral desarrollo de la personalidad del hijo? El hijo, por supuesto, adoptado. Si el “matrimonio” en El Salvador llegara a ser entre un hombre y un hombre, tal vez decidan adoptar un bebé; si llegara a ser entre una mujer y una mujer, tal vez adopten o tal vez una de ellas decida quedar embarazada, o las dos, pero por alguien que no es su pareja. De cualquier manera, una de las opciones más probable para tener hijos en este tipo de pareja será, necesariamente, la adopción. Ahora bien, ¿contribuye el matrimonio homosexual a la necesaria fecundidad, requisito indispensable para la supervivencia de la sociedad, y, en concreto, de la sociedad salvadoreña? ¡Para nada! ¡Se convertirán en parásitos de la fecundidad de otros! ¡No veo cómo es posible que el Estado se esté prestando a proteger un tipo de unión (la homosexual) que no ayudará a la sociedad salvadoreña a evitar “el suicidio de una raza”, que sí evitará, del modo más eficaz y barato, el matrimonio entre un hombre y una mujer así nacidos!
                                              
                                                                       Francisco Morán
                                                                       

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